Introducción

Siempre he querido tener un espacio en el que pueda publicar mis escritos para aquellos que los quieran leer, no sigo reglas y simplemente dejo a mi imaginación que escriba lo que quiera decir. Escribo de todo, de la vida, bitácoras de viajes, lo que me preocupa y mil cosas más. Bienvenidos a todos aquellos que quieran conocer mi mundo!

martes, 17 de mayo de 2011

ENTRE MARIACHIS E HISTORIA

Sigo entonces con la descripción de mi viaje por México. Un viaje que llenó mi cabeza de grandes recuerdos, y de los cuales no me gustaría olvidar ni el más mínimo detalle. Pasamos entonces al punto donde puse continuará en el escrito anterior, mi llegada a la Plaza Garibaldi. Pero primero quiero dar una pequeña reseña de lo que significaba para mí llegar a la Plaza de Mariachis más importante del mundo.  

Los Mariachis han sido parte importante de la banda sonora de mi vida. En mil ocasiones he cantado rancheras en compañía de un aguardiente o de un Tequila, y con lágrimas en los ojos por las desgarradoras letras de las canciones de Vicente Fernández o del Potrillo. Cuando oigo rancheras se me enchina la piel, y desearía ser una mexicana para sentirme orgullosa de decir que lo soy y cantar a grito herido las canciones de mi patria. Sin embargo siendo colombiana me siento orgullosa de ser latina, y de tener la voz para poder cantar las rancheras que tanto me gustan. Por esta inmensa pasión, uno de mis sueños era ir a la plaza Garibaldi en la ciudad de México. Claro que no faltaba el aguafiestas que cuando decía que quería hacerlo, decía que La Plaza Garibaldi era un moridero, que olía mal, y que estaba en el sector más peligroso de la ciudad. Pero la gente que decía eso no sabía nada de mi pasión por las rancheras. Y por fin se llegó el tan esperado día, gracias a mis amigos Mexicanos pude realizar mi sueño y cantar a viva a voz todas las rancheras que me podía saber en la mismísima Plaza Garibaldi.

Después de una suculenta comida en casa de la familia de Talía, nos fuimos con Rafa (hermano de Talía) y sus amigos a la susodicha Plaza. Cuando íbamos llegando, solo se veían tumultos de mariachis con sombreros, guitarras y trompetas; que corrían detrás de los carros tratando de conseguir una serenata para la noche. Nunca había visto a los Mariachis correr, era muy divertido. Cuando nos bajamos y entramos a la Plaza como tal, todos cantaban y se oían trescientas rancheras al tiempo que ni sabía cual era la que quería cantar. La emoción dentro de mí aumentaba a cada minuto. Se veían vendedores, mariachis entregando volantes, cantantes de música norteña, viejitos con traje de Mariachi y desafinados, y también los señores Mariachis con unas voces increíbles que me hacían estremecer. Estaba en la Plaza Garibaldi, y lo que yo vi no tenía nada que ver con lo que decía la gente. A mi me pareció un sitio encantador; lleno de vida, de alegría, de canciones, de tequila, y eso sí con una fuerza histórica muy  interesante. A través de los años y desde su creación, la Plaza y las cantinas que la rodean, han presenciado revolución, música, Folclor y vida. Esta plaza se denomina de esta forma en honor al Coronel José Garibaldi, que participó en el ataque de Casas Grandes con el ejercito revolucionario Mexicano (Durante la revolución se dio una toma a la Ciudad de Juarez - Chihuahua, que fue uno de los primeros golpes para provocar la caída del Dictador Porfirio Díaz, el ataque de Casas Grandes, de ahí su importancia). Además de su carrera militar, el Coronel Garibaldi se caracterizaba por ser un aficionado a la música y le gustaba ayudar a los artistas ambulantes. Entonces en su honor y con su apellido se bautizó a la plaza más importante de mariachis. Una plaza, que ha visto desfilar a los mejores cantantes de Rancheras. Yo sentía que el corazón se me salía del pecho entre tantas rancheras y mariachis. Y en medio de tanta emoción, mis amigos me llevaron a una de las cantinas que rodea la plaza, Al Tenampa, para podernos sentar y tomarnos unos buenos tequilas. Al entrar me dijeron que era la cantina mas antigua de la Plaza (fue fundada en 1923 y ha sido famosa desde entonces por sus mariachis y por la venta de ponche de Granada). Cuando entramos sentí que hacía un flash back en su historia, pues en las paredes estaban las figuras pintadas de todos los grandes mariachis que habían cantado allí. Figuras como Lucha Reyes, El Charro Cantor, Jorge Negrete, Pedro Infante (el ídolo de México), Lola Beltrán (la señora de la canción ranchera), Pedro Vargas (el tenor continental), Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Javier Solís (Y su melodiosa voz), Lucha Villa, Jalisco, Vicente Fernández y muchos cantantes más. Entonces en compañía de una Margarita, de todas las pinturas de las leyendas de la canción mexicana, de mis amigos y del ponche de Granada; empezamos una fiesta inolvidable con rancheras incluidas. Bailamos, nos reímos, tomamos ponche, luego vinieron los tequilas pasados con Sangrita, las cervezas, los mariachis, y por petición de un amigo de travesía las 200 versiones de la canción “Caminos de Guanajuato”. A la mitad de la noche llegaron Ale y su novio, y continuamos la fiesta. La plaza Garibaldi sobrepasó todas mis expectativas; no olía mal, no la sentí tan peligrosa como decían (además casi todos los sitios en las ciudades latinoamericanas son peligrosos), y si tiene un aire especial y una fuerza peculiar. La Plaza Garibaldi es el emblema de los Mariachis y de aquellos que aman las rancheras como yo. Y acepto que canté con el alma “México lindo y querido! Si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan a ti…” Una noche inolvidable.

Apenas estaba comenzando mi viaje, y ya había conocido cosas hermosas y llenas de historia. Pero aun me faltaba muchísimo más. Entonces en compañía de Ale y de su mamá, una mujer encantadora y pujante llamada Magdalena, me llevaron a dar un paseo por el Zócalo de la ciudad de México (el centro de la ciudad). Caminamos por todas la calles que Ale conocía. Desde el barrio chino, a la zona empresarial; pasando por el palacio de los azulejos, y hasta una calle de los años 50 representada en el museo de Arte Popular, para terminar en la Plaza Central de Gobierno. Yo no salía de mi asombro. Lo que ya había visto de noche, lo estaba viendo a luz del día. El escenario era precioso. Para cualquier parte que miraba había una esquina digna de ser retratada, de ser memorizada, y de ser contemplada. En el museo de Arte Popular me encontré con piezas artesanales muy divertidas y llenas de color propias de México, sobre un fondo blanco, porque el edificio del museo es blanco por dentro y por fuera para resaltar todos los colores. Al entrar lo primero que se ve es un carro Volkswagen modelo 50, pintado con mil arabescos de todos lo colores. Y sí, en el último piso del museo se encuentra el modelo de lo que eran las calles en México por los años 50; con fotos a blanco y negro, y con montajes muy creativos, hacen las representaciones de los zapateros de la época, del vendedor de tacos de canasta, en fin. Es un viaje por la artesanía y el folclor Mexicano. Salimos y nuestra siguiente visita fue El Palacio de Bellas Artes. Ver cada uno de los detalles y de las esculturas que tiene, es como despertar en medio de un sueño. Igual estaba en México y como buen país latino tiene sus contradicciones. En medio de tanta historia y belleza, al frente del palacio había un grupo de jóvenes montando la coreografía de alguna canción de Michael Jakson. El líder del grupo era un joven moreno, con el pelo como el del mismísimo artista y hablando de “orale güey”. Que divertido, en medio de tanta majestuosidad, aparece este personaje absolutamente criollo pero queriéndose parecer a un a gringo. Lograron atrapar mi atención un rato, pues bailaban y estaban vestidos muy parecido al autentico rey del Pop. Pero bueno, esas cosas pasan en nuestros países, siempre preferimos parecernos a otros que a nosotros mismos. Dejé mi diversión a un lado y le di entrada a la contemplación del arte, de la arquitectura, y de la belleza. Entré al Palacio y pude ver los murales que decoran las paredes de los corredores entre las entradas a los diferentes salones. Su construcción en mármol, sus cúpulas, su imponencia, me sumergieron en un asombro especial. No pude entrar al teatro, pero me lo puedo imaginar hermoso. Será en una próxima visita a México que vaya y lo vea. Pero si tuve la fortuna de ver los murales de Alfaro, de Diego Rivera y de Orozco en vivo y en directo. Se puede apreciar un conglomerado de arte en una fascinante estructura arquitectónica cuidadosamente construida, que hacen de cada rincón del Palacio un lugar especial. Al salir seguimos nuestro camino y entramos al Palacio de los Azulejos, una construcción, que como todas las construcciones del centro del DF, es imponente y hermosa. Un Palacio construido durante la época de la Colonia y que debe su nombre a que azulejos de Talavera Poblana, recubren completamente su fachada exterior haciendo de esta obra una de las más bellas joyas del arte barroco novohispano. Este palacio era la residencia de Condes y otros ilustres españoles. Al dejar de ser habitado por familias de sangre azul fue la sede del primer almacén Sanborn, que aun existe y en donde compré un par de pilas para mi cámara que estaba a punto de morir. El palacio adentro alberga, además del almacén, una cadena de restaurantes de todos los tipos debido a su inmensidad. Pero lo más divertido es que como la ciudad de México está construida sobre una inmensa laguna y se está hundiendo, el Palacio está ladeado hacia un lado. Uno camina entre subidas y bajadas, o en diagonal por los corredores. Aunque eso no opaca su belleza. Seguimos nuestro recorrido por el Zócalo, pero antes hicimos una parada técnica en un restaurante para comer (o almorzar como decimos los colombianos), una tradicional Torta Mexicana. Las tortas son tan famosas como los tacos. Son inmensos emparedados rellenos de cualquier cosa. Yo pedí una torta de chorizo, pero hay de carne, de pavo, de atún y mil más. Le ponen fríjol refrito, guacamole, queso, chiles y otros ingredientes. Lo divertido fue que cuando lo pedí me dijeron que eran pequeñas, y cuando me llegó mi plato era tan grande que no sabía como me la iba a comer. Hice mi mayor esfuerzo, pero no pude comérmela completa. Como fuera, nos recargamos de energía para continuar con nuestra travesía. Terminamos entonces en la plaza principal, donde está el Palacio de Gobierno, La Catedral y las ruinas de las murallas destruidas de los Aztecas. Es el conjunto más impresionante de dos grandes culturas juntas. Cuando los españoles llegaron a colonizar, tumbaron los templos sagrados de los Aztecas y construyeron la Catedral y el Palacio de Gobierno. Pero como México se está hundiendo, las ruinas de los templos Aztecas empezaron a salir. ¿Se llamará castigo divino? No lo sé… pero si es fascinante verlo. En la plaza, como la plaza de cualquier ciudad latinoamericana, había una huelga del Sindicato Mexicano de electricistas que habían quedado sin trabajo después de años. Entonces la tenían invadida, lástima porque esa huelga no me dejó contemplar su grandeza, pero, sin embargo, su imponencia sale a relucir. Es la segunda plaza de Gobierno más grande del mundo. Uno se siente como un alfiler en medio de ella. Y La Catedral… ni hablar de ella. Una Catedral hermosísima. Su altar tiene lámina de oro, al igual que sus dieciséis altares de las iglesias alternas. La iglesia y el altar de la Virgen de Guadalupe hicieron que se me salieran las lágrimas (no puedo ser insensible a tanta belleza). En la mitad hay un órgano que mide 14 metros de alto y 10 metros de ancho, que tuve la fortuna de poderlo oír pues era Domingo de Pascua y lo estaban tocando. El Órgano retumbaba en todas las paredes, y hacía de La Catedral un lugar todavía más espectacular. Yo sin ser católica practicante, me hinqué a rezar en medio de tanta belleza y de tanta solemnidad. Además se respira un aire de devoción muy especial. No podía evitar que se me erizara la piel con cada nota del órgano. Luego, al salir, y ver las ruinas de los aztecas inmediatamente al lado de la Catedral, me dejó como sin aire. Es una plaza donde se nota el sometimiento de los españoles a las razas nativas, donde se siente la fuerza y el misticismo indígena y la devoción por las costumbres católicas. Una plaza donde las culturas se juntan y se entrelazan. Además, los Indígenas que quedaron en la ciudad, se reúnen en la plaza a hacer sus bailes sagrados pues esos también fueron sus templos. Definitivamente ese día me sentí la persona más privilegiada, pues además de ver todo lo que estaba viendo, casi ningún Mexicano ha oído el órgano de La Catedral.

Con esto termino otro de mis escritos o de mis crónicas de viaje por México. Apenas voy en los primeros días y aun hoy sigo recordando todos los detalles para escribir y no olvidar ningún detalle.

miércoles, 11 de mayo de 2011

MIS PRIMERAS EXPERIENCIAS MEXICANAS.

Hace pocos días llegué de México… y la verdad cuando me desperté esta mañana lo único que deseaba era estar allá de nuevo. Pero como siempre lo peor de las vacaciones es regresar a la cotidianidad del día a día, y no queda más que recordar lo que viví en un viaje inolvidable al lado de mis grandes amigas, de amigos que conocí durante mi travesía, y de un escenario histórico y artístico excepcional que nunca pensé me fuera a impactar tanto. 

Empezaré entonces mi historia contando por qué escogí México como destino para pasar mis vacaciones. Hace unos años me fui a Cuba durante un mes, para hacer un taller de fotografía en la Escuela de Cine de San Antonio de Los Baños. Iba llena de ilusiones y de expectativas porque parecía que sería un viaje inolvidable. Y no estaba equivocada. Al llegar a la escuela me encontré con tres personas encantadoras, una española y dos mexicanas, que además de ser excelentes fotógrafas llenaron mis días y se volvieron mis amigas inseparables, mis cómplices de viaje, mi conciencia y la razón para siempre estar de buen humor. Durante un mes Vivimos juntas y nos hacíamos llamar las 4 hermosas chicas del numero PI, pues nuestro apartamento era el número 314. Vivimos los mejores días juntas entre risas, fotos, clases, fiestas, borracheras y Bucaneros. En fin… cuando nos despedimos las 4 prometimos no olvidarnos de las cosas vividas ni de nuestra amistad, y contrario a todos los pronósticos de todas las promesas que se hacen en una despedida, ha sido así. A una de ellas la había visto alguna vez porque había estado de paso por Colombia en una travesía por Latinoamérica, pero solo por muy corto tiempo y no había sido suficiente. Entonces un día de nostalgia recordando aquellos días cubanos, y después de cuatro años sin verlas, decidí volver a hacer maletas e irme al país de los tacos, el tequila y el mezcal, a visitar por lo menos a dos de aquellas amigas que fueron tan importantes para mí en Cuba. Solo faltó Almu, la española, y mis vacaciones hubieran sido más que perfectas. Pero no importa, porque queda entonces pendiente un reencuentro para vernos las cuatro hermosas chicas otra vez en cualquier parte del mundo.

Vinieron los preparativos del viaje, la compra del tiquete, la búsqueda de la plata, hasta que se llegó el día. Un jueves Santo en la mañana llegué al aeropuerto de Bogotá y tomé el avión rumbo al DF Mexico. No sabía exactamente a donde iba a llegar, si mis amigas me estarían esperando en el aeropuerto, si de verdad todavía íbamos a ser tan amigas como lo fuimos en Cuba, o si solo había sido Cuba lo que nos había unido. Iba llena de expectativas y emociones encontradas por volverlas a ver. Aterricé, los trámites reglamentarios de inmigración, esperar las maletas mientras la expectativa crecía. Cuando salí lo primero que vi, y me llenó de emoción, fue a mis dos amigas con sus novios esperándome con un tequila y un par de cervezas en la mano. En ese momento me di cuenta que esas amigas que habíamos sido en Cuba, éramos las mismas y nos unía el mismo amor como si no hubieran pasado los años. Eran las mismas; de pronto con otro peinado, con más años, con canas, una de ellas embarazada, pero al fin y al cabo las mismas amigas de siempre. En ese momento, me dieron ganas de llorar, de reír y celebrar aquel momento que daba inicio a mi gran travesía por México, una vez más en compañía de mis cómplices y amigas Talía y Ale. Todo empezó de la mejor manera y con un trago de Tequila como debe ser.

Llegamos todos a la casa de Talía en el centro de Coyacán. Nos adelantamos de los respectivos chismes, seguimos tomando cerveza, me dieron un tour por la casa, me presentaron a las perras Areta y Yanis, y luego salimos a comer por el barrio donde también vivió la familia Kahlo. Pasamos por el parque de Frida, y no podían faltar las fotos para documentar mi viaje. Todas las esquinas eran un buen lugar para tomar fotos pues todo es colonial, hermoso, y con un toque de color propio de México. Ese día la gente estaba en la calle por ser un día festivo y se respiraba aire a tacos, churros, y picante. Se nos unieron más amigos a la fiesta de bienvenida, amigos que mas adelante marcaron aun más mi viaje, y llegamos entonces a La Bipo (un restaurante que en sus inicios había sido de Diego Luna). Pedimos la respectiva comida y me iniciaron en la pasión por el Mezcal (bebida mexicana que al igual que el tequila sale del maguey, pero es más fuerte y fabricada de forma más artesanal. Aun se destila en ollas de barro y se pasa con rodajas de naranja, sal de gusano, y cerveza). Comimos quesadillas de Flor de Jamaica, marranitas, tacos en todas sus formas, y fue mi primera enchilada a causa del pique. Todos morían de risa, y de ahí en adelante todo lo pedía; “sin picante por favor”… bueno lo que se podía pedir sin picante. Luego fuimos a otro bar del sector llamado la Coyoacana, y después de tomar varios mezcales a mi se perdían los ojos. La fiesta, la comedera, y el constante chisme habían iniciado su curso en un viaje inolvidable.

Al día siguiente, el guayabo, o más llamado cruda, a causa de los mezcales me consumía. Sin embargo había que aprovechar cada minuto. Nos despertamos tarde, desayunamos un par de quesadillas y nos fuimos rumbo a Xochimilco, o también llamado la Venecia Mexicana que en vez de góndolas tiene Trajineras. Ese día era viernes Santo y estaba lleno de gente lo que lo hacía más emocionante. Las trajineras parecían carros chocones en feria de pueblo, y el folclor mexicano apareció en todo su esplendor y belleza. El viaje por los canales de Xochimilco  lo iniciamos Ale, su mamá, su hermano y yo, en una trajinera que se llamaba Michell. Pasaban por nuestro lado trajineras de todos los colores y nombres de mujer; habían Margaritas, Alejandras y Talías por doquier. Otras trajineras vendían quesadillas, gaseosas, cerveza, dulces picantes y hasta flores. Pasaban otras con los mariachis cantando y con los grupos de música norteña. No había razón para bajarse a tierra firme, pues todo estaba en el agua navegando por los canales. Cuando íbamos por la mitad del viaje, nos alcanzó Talía con su novio y alargamos el paseo una hora más. Pasamos entonces por una isla con muñecas colgadas en los árboles de forma dramática, y el conductor de la trajinera nos dijo que era la isla de las muñecas. Talía lo refutó y dijo que era solo una réplica de la verdadera isla, pues esta quedaba a dos horas de camino en trajinera desde el puerto. La verdadera isla ubicada entre los canales de Xochimilco según dicen, esta llena de muñecas colgadas por todos lados y se convirtió en atracción turística por la demencia de un hombre. La historia de esta, que la supe por boca de Talía, es que el señor que vivía en esa isla decía que lo perseguía una niña y lo asustaba todo el tiempo, entonces llenó los árboles y la isla de muñecas en tétricas posiciones: degolladas, colgadas del pelo, ahorcadas, rayadas, y con apariencia diabólica. Bueno… me quedé con la imagen de la replica de la isla de las muñecas, que ya fue lo suficientemente tétrica y me puedo hacer una idea de lo que puede ser la verdadera isla. Además es un buen pretexto para volver. Entre cervezas micheladas con sabor, y cervezas normales nos pasamos un rato muy especial todos juntos a bordo de Michell. De regreso a la ciudad la mamá de Ale me invitó a comer Pozole, un plato típico de México (es una especie de sopa hecha con un maíz muy peculiar que es grande y se llama nixtamalización, eso si lo pedí sin pique). Un plato típico que como toda la comida mexicana, me pareció exquisito y recomendable. Luego pasamos por el Zócalo (centro de México) en horas de la noche. Cuando lo ví me quedé sin aire. El Palacio de Bellas Artes, los miles de edificios tipo europeo coloniales, los edificios de Gobierno, su imponencia, su belleza, y todo lo que veía me dejaba sin aliento. Luego pasar por la avenida Reforma y ver el emblemático monumento del ángel de la independencia mexicana. La verdad las palabras son pocas para describir tanta belleza y tanta imponencia. Cuando vi eso, me di cuenta por que México es un país tan importante; no solo por su grandeza, sino por su gente, por su belleza, por su cultura, por su arquitectura y por su historia.  

Pero sigue mi recorrido, otro día Ale me llevó por el bajo mundo del DF. Fuimos al famoso bazar del Chopo que se instala únicamente los sábados. Se ubica en la Terminal de Buena Vista de la línea B del metro, y es donde todos aquellos excéntricos encuentran su lugar. De camino al Chopo, nos fuimos en bus que al igual que en Colombia es toda una experiencia para ver los vendedores ambulantes y demás. Ale me compró una colombiana para que la probara, no me la pude comer pues en mexico hasta los dulces pican. Cuando llegamos al Chopo se ven los punk con sus gigantescas crestas, los roqueros, los metaleros vestidos de negro de pies a cabeza, y otros más. Allí todos aquellos pertenecientes a la contracultura mexicana, consiguen sus discos, sus camisetas, sus excéntricos atuendos, los corsés de las mujeres, y las cosas más curiosas que se puedan imaginar. Hasta tienen una carpa con cine club en medio del calor. Es un lugar surrealista y sacado de la cotidianidad. En medio del bazar me sentía en un zoológico con animales humanos de todas las formas y figuras habidas y por haber. Además animales resistentes e inmunes al calor con tal de no quitarse los largos gabanes negros (todavía no entiendo como hacían pues yo moría del calor y tenía una camiseta y un jean, y los metaleros de negro con buzos y gabanes). Cuando terminamos nuestro recorrido por el bazar y no dábamos más del calor, nos sentamos en una tienda del lugar a tomarnos una Caguama (la Caguama es una cerveza de casi un litro helada, marca Indio, que se toma de manera personal y que difícilmente se puede agarrar con las dos manos). Me causó mucha gracia el nombre y el tamaño de la cerveza, y no faltó la foto. Después de refrescarnos fuimos a la plaza de mercado a comer en un establecimiento llamado Lola La Trailera, comimos tacos con agua de Horchata (es un bebida que se prepara con el agua del arroz, y es deliciosa). Que buenos tacos. En la plaza pude presenciar todas las clases de chiles que existen, de frutas, y de pencas que también son comestibles. Fue un encuentro directo con la cultura gastronómica mexicana que empezaba a conocer.  

En la tarde quedé de encontrarme de nuevo con Talía, pues sus papás me invitaron a comer. Eso fue lo más especial: que mis amigas me involucraron en sus vidas y con sus familias, y ambas familias me llenaron de atenciones especiales y momentos inolvidables. Entonces seguí con mi deleite gastronómico. En casa de Talía tenían lo que en Colombia llamamos un asado, pero un asado acompañado con tortillas, con salsas picantes (la picante y la no picante que igual picaba), picadillo de Nopal, Crema, y cerveza. Una deliciosa comida en familia. Pasamos una tarde entre anécdotas, momentos y dichos mexicanos que me sacaron más de una carcajada. Y por la noche llegó el momento de la rumba y el mezcal. Rafael el hermano de Talía, a quien ya había conocido en Colombia pues había pasado una temporada ahí por trabajo, me llevó a la tan esperada por mi plaza Garibaldi. La plaza donde yo encontraría a todos los Mariachis cantando las canciones que tanto me gusta cantar. Pero para hablar de la plaza Garibaldi, necesitaría un página entera. Más bien la dejaré para un próximo escrito haciendo un recuento de mi maravilloso viaje por México, pues en un solo escrito dejaría de contar muchísimas cosas que me encantaría escribir en su totalidad. Entonces este escrito continuará pues hay mil cosas que contar y mil anécdotas que no quiero olvidar.

El viaje México continuó entre risas, anécdotas, amores, comida, mezclaes, cervezas, y lo más importante siempre acompañada de Ale y de Talía mis hermanas Mexicanas.